
Mi madre es supersticiosa, así que cuando a fines de año emprendo algún viaje siempre me encarga compre lotería de Navidad. Aunque nunca toca nada, sigue con la tradición, así que cuando fui a Madrid la penúltima vez a fines de septiembre cumplí el encargo. Estando por la Puerta del Sol, que se halla minada de administraciones, me acerqué a la menos glamourosa de ellas. Un kiosco en plena plaza, pequeño, con menos género que sus hermanas mayores que se despliegan en locales espaciosos. Me acerqué allí porque no había nadie, porque fue la primera que vi o vaya usted a saber. Mi poca creencia en loterías y sorteos harían que no tomase muchas previsiones y comprase el décimo como el que adquiere una lata de coca cola en el primer puesto que ve. El número adquirido fue el 27.940.
Ayer no le tocó nada, como tampoco tuvo premio el que compré en las ramblas barcelonesas dos meses después. Pero el humilde kiosco madrileño y el tipo que me vendió el décimo salieron ayer en la habitual ensalada televisiva de carteles, cava y gente celebrando en la calle el que el extinto calvo hubiese soplado sobre ellos. Había vendido el tercer premio del sorteo navideño, el 29.914.
La sombra del destino planeo sobre mi y me retrotraje a ese día de finales de septiembre en el kiosco, adquiriendo descuidadamente un décimo fallido y dejando el que tres meses después podía haber generado una bonita cantidad de dinero en las arcas familiares. ¿Debería haberme fijado mejor?. ¿Si hubiese llegado al kiosco desde otro lado me hubiese entrado por los ojos primero el 29.914 en vez del 27.940? Qui lo sa. En cualquier caso, otra oportunidad de las muchas que se desvanecen en la vida. Después de todo así va todo ¿no?. Siempre hay que acercarse a las cosas por el ángulo adecuado para que funcionen. Lo malo es que como en el caso de la lotería no sabes cual es de antemano y con frecuencia lo descubres cuando te has estrellado.
Tómense este post como un sucedáneo de cuento de Navidad de Monsieur Jacobine. Felices fiestas y que les toque el gordo en sus vidas cotidianas en 2008. Miren bien los ángulos de aproximación.
Ayer no le tocó nada, como tampoco tuvo premio el que compré en las ramblas barcelonesas dos meses después. Pero el humilde kiosco madrileño y el tipo que me vendió el décimo salieron ayer en la habitual ensalada televisiva de carteles, cava y gente celebrando en la calle el que el extinto calvo hubiese soplado sobre ellos. Había vendido el tercer premio del sorteo navideño, el 29.914.
La sombra del destino planeo sobre mi y me retrotraje a ese día de finales de septiembre en el kiosco, adquiriendo descuidadamente un décimo fallido y dejando el que tres meses después podía haber generado una bonita cantidad de dinero en las arcas familiares. ¿Debería haberme fijado mejor?. ¿Si hubiese llegado al kiosco desde otro lado me hubiese entrado por los ojos primero el 29.914 en vez del 27.940? Qui lo sa. En cualquier caso, otra oportunidad de las muchas que se desvanecen en la vida. Después de todo así va todo ¿no?. Siempre hay que acercarse a las cosas por el ángulo adecuado para que funcionen. Lo malo es que como en el caso de la lotería no sabes cual es de antemano y con frecuencia lo descubres cuando te has estrellado.
Tómense este post como un sucedáneo de cuento de Navidad de Monsieur Jacobine. Felices fiestas y que les toque el gordo en sus vidas cotidianas en 2008. Miren bien los ángulos de aproximación.